COLUMNISTAS

La representación de México que permanece

¿Y si sí? Era la pregunta más repetida en los últimos días desde la esperanza y la ilusión de ver jugar a la selección mexicana que se mantuvo invicta hasta su derrota ante el equipo inglés. Pese a perder el partido 3-2, en medio de la cancha quedó mucho más, desde la muestra de la importancia de saber jugar en equipo hasta las historias de vida de nuestros jugadores que inspiraron incluso a otras naciones.

México se quedó con la ilusión de pasar a cuartos; sin embargo, fuera de la cancha demostró que lejos estamos del ideario sepia con el que durante años se nos retrató en muchos países. México es colores y tradición. Demostró el ambiente que se puede vivir con gran emoción desde los festejos más divertidos e inimaginables. Logramos que la playera verde de nuestra selección fuese una de las más vendidas alrededor del mundo, porque México se vive con pasión.

Pusimos en el debate la migración y las oportunidades que puede generar para las personas, teniendo como ejemplo a Julián Quiñones, quien sin duda es hoy motivo de orgullo para millones de mexicanos. También recordamos que el talento no entiende de fronteras y que la identidad se construye desde el compromiso, el esfuerzo y el cariño por la tierra que se representa.

Durante semanas vimos una versión de México que muchas veces pasa desapercibida: la de quienes colaboran sin importar de dónde vienen, la de quienes se organizan para apoyar, la de quienes hacen comunidad desde la alegría. Descubrimos que cuando cada persona aporta lo mejor de sí, el resultado trasciende cualquier marcador. Tal vez esa sea la mayor lección: el verdadero triunfo nunca depende únicamente de una figura, sino de la capacidad de construir en conjunto.

Pero también hubo un aprendizaje incómodo. Los errores de unos cuantos no pueden convertirse en el rostro de toda una nación. No nos representan las ofensas dirigidas a otros aficionados, ni los actos de quienes no saben perder con dignidad. No nos representan las agresiones, la violencia ni la intolerancia. Es cierto que esas conductas existen y sería ingenuo negarlo, pero tampoco pueden opacar la hospitalidad, la solidaridad y la alegría que distinguen a millones de mexicanos.

Quizá la conversación que abrió el futbol también deba servir para mirar aquello que durante demasiado tiempo ha esperado la misma atención, como las madres buscadoras y colectivos que pedían no se olviden de su existencia, y se brinde a sus causas la misma atención que otorgamos a nuestros jugadores. Sí el futbol une y puede brindar esperanza, ¿no merecen el mismo respaldo y empatía las más de 130 mil personas desaparecidas de nuestro país?

Porque el orgullo nacional no solo se demuestra cuando ganamos un partido. También se refleja en la forma en que acompañamos al otro, en la indignación que nos provoca la injusticia y en la capacidad de transformar la emoción colectiva en acciones que mejoren la vida de quienes más lo necesitan.

Este torneo nos recordó que México tiene mucho más que ofrecer de lo que solemos creer. Tenemos talento, creatividad, resiliencia y una capacidad extraordinaria para hacer comunidad. Tenemos historias que inspiran, personas que abren camino y una identidad que no se reduce a los estereotipos ni a los errores de unos cuantos.

Hoy el marcador dice que el sueño terminó, pero la conversación de lo que somos como mexicanos continúa, la representación que el mundo tenga de México no tiene que ver solo con un resultado deportivo. México es el país que sobresale cuando decide trabajar unido y más allá de la tribuna si nos volvemos a preguntar ¿Y si sí? que la respuesta no sea solo pensando en un partido sino en todas las posibilidades que desde nuestras trincheras tenemos para transformar la realidad del país que tanto queremos.