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Héctor Yunes: el cáncer de la política veracruzana

Dicen que la política es el arte de la congruencia… aunque en México cada vez se parece más al arte de acomodarse. Ya no sorprende ver cómo la memoria se vuelve selectiva y los principios se ajustan según la oportunidad del momento. Aquella figura del político de palabra, firme y consistente, hoy parece más una pieza de museo que una realidad vigente.

 

La salida de Héctor Yunes del PRI difícilmente puede leerse como un acto de dignidad. Más bien, encaja en una lógica de cálculo político. Durante años, mientras existieron oportunidades y espacios, las críticas hacia la dirigencia nacional no ocuparon el centro de su discurso. Fue respaldado, impulsado y beneficiado en momentos clave, incluso con posiciones relevantes dentro del esquema partidista. Sin embargo, cuando las condiciones dejaron de ser favorables a sus aspiraciones, el tono cambió.

 

No es la primera vez que en la política mexicana alguien “patea la mesa” cuando los acuerdos ya no le resultan útiles. Pero en este caso, el trasfondo parece más evidente: la urgencia por mantenerse vigente, por asegurar espacios de representación, incluso ante la posibilidad de que las reglas del juego cambien y cierren puertas en el corto plazo. Esa prisa, más que ideológica, luce estratégica.

 

El problema no es que un político decida irse; está en su derecho. No lo satanizo, en múltiples ocasiones he defendido que cada quien es libre de tomar sus elecciones. La política es también movimiento, reacomodo, evolución. Lo cuestionable es el intento de justificar esa salida mediante descalificaciones o narrativas que buscan reescribir la historia reciente. Porque si algo queda claro en este episodio es que hubo respaldo, interlocución y acompañamiento. Negarlo no sólo distorsiona los hechos, también erosiona la credibilidad.

 

En medio de este escenario, la dirigencia nacional del PRI, encabezada por Alejandro Moreno, enfrenta una etapa compleja, quizá una de las más adversas en la historia reciente del partido. Con aciertos y errores, ha tenido que sostener una estructura golpeada por derrotas electorales, desgaste interno y un entorno político hostil. Alito ha aguantado vara y justamente en el tema de Sinaloa le asiste la completa razón. Siempre estuvo en lo cierto.

 

Al siempre perdedor Héctor lo que también queda en evidencia es una vieja constante: la lealtad condicionada. Esa que se mantiene firme mientras hay beneficios, pero se desvanece cuando las expectativas no se cumplen. Y ahí es donde se rompe algo más profundo que una relación política: se rompe la palabra.

 

El PRI, como cualquier institución política, ha sido escuela, plataforma y origen de muchas trayectorias. Para bien o para mal, ha moldeado carreras y construido liderazgos. Por eso, cuando alguien decide marcharse, lo mínimo esperable es claridad, no simulación. La crítica es válida; la descalificación oportunista, no.

 

Al final, en la política —como en la vida— lo único que realmente permanece es la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. Y cuando esa congruencia se pierde, no hay narrativa que alcance para sostenerla. Menos si lo que falta son “huevos”. Porque más allá de cargos, partidos o coyunturas, la palabra sigue siendo el activo más valioso y el más fácil de traicionar. Hector podría ir a parar a Movimiento Ciuadano, se lleva muy bien con Dante. Se merecen.