Nadie está obligado a lo imposible (el cuento del INE)

Había una vez un instituto que se había creado para llevar a cabo todas las tareas administrativas relativas a la voz del pueblo, “democracia” le llamaban.

Cuando lo planearon, fue en atención a un ultimátum que debía atenderse para frenar una efervescencia popular que exigía respeto a su voto y en efecto, el instituto fue decorado con todos los elementos con que los países del mundo revestían esos ejercicios, aunque en la práctica, los vicios con que se comportaron por siempre, no cambiaron, sino que más bien, se institucionalizaron y legalizaron para convertirse en una máquina bien aceitada para llevar al voto a tener apariencia de ser la verdadera voz del pueblo, aunque en cada elección, las urnas fueron cuchareadas y pusieron votos buenos al candidato que iba perdiendo para aparentar que había competencia. Es más, hubo una ocasión en que el cuchareo fue de tal magnitud que el lejano segundo lugar (en preferencias -intención y voto real-), no sólo alcanzó mágica y sorpresivamente al primer lugar, sino que inesperadamente lo rebasó por un mínimo sutil que permitió evadir la exigencia de sufragios para autorizar el conteo “voto por voto y casilla por casilla”.

El instituto se valió de los propios ciudadanos para asegurar que, como ellos participaban de los procesos electorales, era imposible que pudieran fraguarse trampas, aunque siempre se supo que en los conteos de los votos, uno a uno, no estaba la trampa, sino en las declaraciones de resultados, en las impugnaciones, en las resoluciones… así que los votantes se dieron cuenta de que los fraudes eran arriba, y los “triunfadores”, obviamente, tenían la obligación de cumplir todos y cada uno de los caprichos que el instituto se inventara, porque se beneficiaban mutuamente de poder-dinero-inmunidad-impunidad y por esa razón, los presupuestos con que fueron enriqueciéndose todos quienes pasaron por esa cúpula elitista se hicieron inmensamente millonarios y poderosos y, paradójicamente sus obligaciones no correspondían a sus emolumentos.

Se hicieron cínicos. Se dedicaron al derroche y al uso ilimitado de nuestros dineros; a la burla y al desprecio por el pueblo y encima, a amagar a los legisladores negándose “a lo imposible”, si no recibían hartos fondos públicos, con rubros inexplicados, con sueldos que no correspondían a la realidad de la vida pública de un pueblo que ha cargado con sangrías de reyezuelos herederos, de princesas de novela, de oprobios que aparentan ser “gastos justificados” para llevar a cabo las tareas que les han sido conferidas por ley y que si no las cumplieran, sinceramente, el instituto no tendría más razón de existir.

El cuento, como toda historia de fantasía, tiene oscuridad y malvados, y también tiene un final, que se acerca inexorablemente, cuando a quienes les ha llegado la madurez para dejar de creer en historias para hacer felices a los niños (en el caso, niños políticos), entienden que la fantasía encuentra su límite y cuando sus esfuerzos de años logran que al fin, por medio de ese mal valorado sufragio y el cuidado que los ciudadanos le prodigan en cada elección, llega un líder y demuestra que al país le toca dejar de soñar para empezar a construir una realidad que inicia en el respeto y la dignidad y que nunca es posible que haya un gobierno rico, en tanto lo mantiene un pueblo empobrecido.

Por primera vez, al instituto le marcaron un límite y la respuesta fue una rabieta en capítulos: el primero fue para asegurar que, para planear un ejercicio para 2022, con solo 6 elecciones locales y un ejercicio de consulta de revocación, se tenía que recibir el mismo presupuesto que el del año 2021, con elección intermedia 5, 15 gubernaturas y una consulta de juicio a expresidentes.

El segundo capítulo implicó una controversia constitucional en la que la Corte mandató a obedecer lo señalado en el cuerpo de la Ley de Revocación de Mandato, donde se explica que, con el presupuesto que se tiene, se debe realizar este ejercicio de participación ciudadana, y cuya respuesta mereció una desobediencia palmaria y un decreto de suspensión de las tareas y facultades del instituto, hasta en tanto se entregar el dinero exigido (otra vez lo del dinero, caray). Para este punto, incluso hubo denuncias que, a pesar de no ratificarse, implican seguirse de oficio y por consiguiente, una investigación y posible judicialización, de parte de la Fiscalía, además de la instancia administrativa en el Tribunal Electoral.

La tercera parte recibió una pálida consigna de amenaza: “nadie está obligado a lo imposible”; queriendo demostrar que harán hasta donde les dé el “poquísimo presupuesto”; amagando con poner muchas mesas menos, y seguramente sin asegurar que el ejercicio tenga el éxito que merece el apoyo ciudadano de más de once millones de firmas que se hacen responsables de la democracia.

El colofón. Este viernes, el Presidente explicó que, sin ser vinculante, él mismo se encargará de ayudarles a elaborar un plan en que el presupuesto asignado les alcance y hasta les sobre para que el ejercicio fiscal de 2022, cubra no sólo las “necesidades” sino también los excesos que aún son legales y que hacen parte de sus retribuciones económicas. Ojo, que habrá una revisión y las recomendaciones para eliminar lo suntuoso, lo superfluo y lo inútil, para que adquieran el hábito de trabajar con austeridad y a entender que esto no implica un insulto a sus labores, sino respeto a quienes son el objetivo final de su tarea: los ciudadanos, que son también quienes producen la riqueza y esperan el mejor uso que la administración pueda darle.

@cevalloslaura