Liberan al PRI de viejas mañas como Américo y Héctor Yunes
Durante décadas, uno de los principales problemas del PRI fue que muchos de sus liderazgos terminaron confundiendo trayectoria con propiedad.
Algunos personajes llegaron a creer que los cargos les pertenecían por antigüedad, que las candidaturas eran una extensión natural de su apellido y que el partido tenía la obligación permanente de seguirles abriendo espacios, independientemente de los resultados, las circunstancias o el trabajo realizado en territorio.
Por eso las recientes salidas de Héctor Yunes Landa y Américo Zúñiga Martínez pueden interpretarse como algo más que simples renuncias políticas. Representan el cierre de una etapa.
La etapa de los llamados dinosaurios.
No porque su experiencia carezca de valor ni porque sus trayectorias deban borrarse de la historia política de Veracruz. Ambos ocuparon posiciones relevantes y tuvieron momentos importantes dentro del priismo. Pero llegó un punto en que buena parte de la militancia comenzó a preguntarse si el partido estaba trabajando para construir futuro o para seguir administrando nostalgias.
Y ningún partido sobrevive viviendo únicamente de sus recuerdos.
Las grandes transformaciones políticas suelen comenzar cuando las estructuras dejan de girar alrededor de figuras individuales y vuelven a concentrarse en la organización colectiva. Eso parece estar ocurriendo hoy dentro del PRI veracruzano.
Mientras algunos dirigentes históricos deciden dar un paso al costado, existe una militancia que nunca se fue. Son los seccionales, los operadores de colonia, los representantes de casilla, los líderes comunitarios y los cuadros que siguen recorriendo calles sin reflectores, sin cámaras y muchas veces sin recompensa.
Son ellos quienes sostuvieron al partido durante los peores años.
No los que aparecían únicamente en tiempos electorales.
No los que consideraban las candidaturas como un derecho adquirido.
No los que pretendían seguir viviendo de glorias construidas décadas atrás.
La verdadera fortaleza del PRI nunca estuvo en los apellidos. Estuvo en su estructura territorial.
Por eso la salida de figuras que durante años concentraron espacios políticos puede terminar siendo una oportunidad para reconstruir al partido desde abajo. Una oportunidad para que las nuevas generaciones encuentren espacios reales de participación y para que el mérito vuelva a tener más peso que la influencia.
Ninguna organización política puede renovarse si quienes ya tuvieron todas las oportunidades siguen ocupando eternamente los mismos lugares.
La política exige relevos.
Exige competencia.
Exige trabajo.
Y sobre todo exige entender que los cargos no se heredan ni se conservan por costumbre.
El PRI veracruzano tiene enormes desafíos por delante. Nadie puede asegurar que esta nueva etapa será sencilla. Pero al menos parece comenzar con una señal clara: el partido ya no está dispuesto a vivir subordinado a quienes creen que los años acumulados son suficientes para justificar nuevas posiciones.
La historia se respeta.
Los privilegios permanentes no.
Quizá por primera vez en mucho tiempo, el futuro del PRI no está en manos de sus viejos dinosaurios, sino de la militancia que nunca abandonó el territorio.
Y ahí podría estar su mejor oportunidad de volver a crecer.


