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Entre el triunfo y la persecución

La presencia de Bad Bunny en el escenario del Super Bowl, ya sea como parte del espectáculo o como figura central de la conversación cultural que rodea al evento, trasciende lo musical y se convierte en un símbolo potente de las contradicciones que viven hoy millones de personas latinas en Estados Unidos. No se trata únicamente de un artista exitoso participando en el evento deportivo más visto del momento, sino de lo que representa que un puertorriqueño, cantando mayoritariamente en español y sin diluir su identidad, ocupe un espacio históricamente reservado para una narrativa anglosajona dominante.

Bad Bunny no es una excepción aislada. Es el resultado de una transformación cultural medible: según datos de la RIAA, la música latina ha crecido de forma sostenida en la última década y representa ya una parte clave del mercado musical estadounidense. Spotify ha reportado que Bad Bunny fue el artista más escuchado a nivel global durante varios años consecutivos, demostrando que el español no es una barrera, sino una fuerza cultural. Sin embargo, su visibilidad también explica por qué existen opiniones tan divididas. Para algunos sectores, su éxito es motivo de orgullo y representación; para otros, incomodidad y rechazo ante un Estados Unidos que ya no se parece al imaginario tradicional.

Esa tensión se hizo explícita cuando Bad Bunny utilizó su discurso en los Grammy para denunciar las políticas migratorias y pronunciar un claro “ICE out”, en referencia al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. No fue un gesto improvisado. ICE ha sido duramente criticado por organizaciones como Human Rights Watch y la ACLU por prácticas que incluyen detenciones masivas, separaciones familiares y deportaciones aceleradas, como la que pretenden implementar con la familia de Liam, el niño que ICE usó como carnada y se volvió un caso emblemático para analizar las violaciones a derechos humanos y la movilidad de las personas.

De acuerdo con cifras oficiales del propio Departamento de Seguridad Nacional, cientos de miles de personas son detenidas cada año por el servicio de Control de Inmigración y Aduanas, muchas de ellas sin antecedentes penales graves. En ese contexto, que un artista latino utilice una plataforma global para cuestionar ese sistema es, para algunos, un acto de valentía; para otros, una “politización innecesaria” del entretenimiento, sin embargo es innegable la incomodidad que su posicionamiento genera a las políticas actuales, pues es de igual forma uno de los artistas más escuchados que a la par refuerza la cultura que tanto se persigue.

Aquí es donde el contraste se vuelve más incómodo. Mientras artistas latinos llenan estadios, encabezan listas de popularidad y aparecen en los eventos más vistos del país, millones de personas migrantes —muchas provenientes de las mismas regiones que celebran esos triunfos— viven bajo el miedo constante a la deportación. Es la paradoja de un país que consume cultura latina, pero criminaliza a personas con este origen. El éxito de Bad Bunny no borra esa realidad; al contrario, la ilumina.

Por eso su presencia en un escenario como el Super Bowl no es neutral. Representa una narrativa alternativa: la de quienes no piden permiso para existir ni para hablar. Las reacciones negativas, muchas veces cargadas de xenofobia o rechazo al español, revelan que el debate no es sobre música, sino sobre poder, identidad y pertenencia.

Entre el triunfo y la persecución, Bad Bunny encarna una verdad incómoda: el mismo país que aplaude a los latinos cuando entretienen, los persigue cuando migran. Su voz, amplificada por escenarios globales, no resuelve esa contradicción, pero obliga a mirarla de frente. Y quizá ahí radica su mayor impacto.