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MORENA está disciplinando: demuestran unidad nacional

Por Ángel Álvaro Peña

La reunión plenaria del Grupo Parlamentario de Morena en la Cámara de Diputados, previa al inicio del próximo periodo ordinario de sesiones, se presenta como un ejercicio de planeación legislativa y coordinación política. Sin embargo, más que un espacio de deliberación plural, el encuentro en San Lázaro funcionó como una pasarela de legitimación política y un acto de respaldo cerrado al proyecto del Ejecutivo federal.

Desde el arranque, el mensaje fue claro: no hay fisuras, no hay matices y no hay autocrítica. La secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, acudió no sólo a dialogar con las y los legisladores, sino a certificar que la LXVI Legislatura ha cumplido su papel como sostén jurídico del proyecto de transformación. Reformas constitucionales, programas sociales convertidos en derechos, cambios al Poder Judicial y defensa de la soberanía fueron enumerados como logros incuestionables, todos alineados —según se subrayó— con el respaldo absoluto de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

La plenaria, más que revisar prioridades, pareció un ejercicio de reafirmación de lealtades. Se habló de igualdad sustantiva, protección de las mujeres y derechos humanos, pero sin una sola mención a los pendientes, contradicciones o efectos colaterales de las reformas impulsadas. El discurso fue uniforme: lo hecho está bien y lo que viene debe avanzar sin titubeos.

Rosa Icela Rodríguez insistió en que la gobernabilidad se construye desde el diálogo y la justicia social. No obstante, el énfasis estuvo puesto en programas y cifras: mesas de diálogo, millones de atenciones sociales, retiro de armas mediante “Sí al Desarme, Sí a la Paz” y la entrega de bienes a través del Tianguis del Bienestar. Acciones presentadas como prueba de una estrategia integral, aunque sin espacio para cuestionar su impacto real o su sostenibilidad en el mediano plazo.

La lista de temas abordados —CURP biométrica, atención a víctimas, personas repatriadas, accidentes ferroviarios— refuerza una narrativa de Estado presente y eficaz. Pero también evidencia la centralización del discurso: todo pasa por el Ejecutivo, todo se valida desde el Ejecutivo y el Legislativo acompaña.

El mensaje final de Gobernación fue una instrucción política más que una invitación al debate: impulsar reformas pendientes como la jornada laboral de 40 horas, cambios en seguridad y la reforma electoral. Reformas de alto calado que, de nuevo, se plantean como continuidad inevitable del proyecto, no como asuntos sujetos a discusión profunda.

En la misma lógica, el canciller Juan Ramón de la Fuente acudió a reforzar la idea de “tiempos de unidad”. Bajo el liderazgo de la presidenta Sheinbaum —dijo— la política exterior es una ventaja, casi un activo incuestionable. Se habló de prestigio internacional, principios constitucionales y una relación con Estados Unidos basada en cooperación sin subordinación. Todo correcto en el discurso; todo alineado en el mensaje.

Sin embargo, el llamado a fortalecer la diplomacia parlamentaria y el trabajo bicameral contrasta con la dinámica real: un Congreso que escucha, aplaude y acompaña, más que uno que contrapesa.

La plenaria de Morena en San Lázaro deja una imagen clara: disciplina interna, cierre de filas y un Legislativo que se concibe como brazo político del Ejecutivo. En un país que presume pluralidad y democracia participativa, la escena plantea una pregunta incómoda: ¿dónde queda el disenso cuando la unidad se vuelve consigna?