Corrupción con nombre y apellido
“El verdadero carácter siempre aparece en las grandes circunstancias”. – Napoleón Bonaparte.
La reciente comparecencia de la auditora general del Órgano de Fiscalización Superior (ORFIS), Delia González Cobos, dejó más que cifras: exhibió una radiografía cruda y preocupante de cómo el discurso de la transformación ha convivido, sin rubor, con prácticas que recuerdan los peores vicios del pasado.
El dato duro es demoledor: un presunto daño patrimonial por 2 mil 372 millones 867 mil 596 pesos, detectado en 223 entes fiscalizables. Pero el verdadero fondo del mensaje está en los casos donde la corrupción ya no es presunción, sino evidencia.
González Cobos puso especial énfasis en dos dependencias que hoy se han convertido en símbolos de descomposición administrativa. La primera, la Universidad Popular Autónoma de Veracruz (UPAV), donde los malos manejos financieros ya derivaron en detenciones y donde, según las propias investigaciones, aún se esperan más órdenes de aprehensión. Ahí, el saqueo fue sistemático, planeado y prolongado, aprovechando una institución educativa creada para ampliar oportunidades, no para enriquecer funcionarios.
Se asegura que la Fiscalía General del Estado (FGE) ya tendría en capilla al ex subsecretario Elías Calixto Armás y a quien afirman lo protege, que pudiera ser la primera gran muestra de ese manotazo que tanto se requiere para marcar la diferencia entre un antes y un después.
El segundo caso es aún más indignante: la Procuraduría Estatal de Medio Ambiente, esa que operará Sergio Rodríguez y la llamada “remodelación” del Acuarium de Veracruz. La auditora no dudó en calificar el daño como “lastimoso”. No solo por el dinero mal ejercido, sino porque los materiales de mala calidad empleados en la obra comprometen la infraestructura y, lo más grave, ponen en riesgo el hábitat de las especies marinas ahí confinadas. Es decir, corrupción que no solo roba recursos públicos, sino que amenaza patrimonio natural y vida animal.
A ello se suma un riesgo que va más allá del desfalco financiero y que roza peligrosamente el terreno de la tragedia anunciada. La obra del Acuarium de Veracruz presenta filtraciones visibles y fallas estructurales que evidencian la mala calidad de los materiales empleados en la supuesta remodelación. No se trata solo de una irregularidad administrativa, sino de un riesgo real para la integridad física de miles de visitantes, particularmente de niñas y niños de escuelas veracruzanas que acuden de manera constante a este espacio educativo. Un eventual colapso, en días de alta afluencia, sería una desgracia de dimensiones incalculables y, llegado ese escenario, no podría hablarse de accidentes ni de omisiones: habría responsables con nombre y apellido, desde quienes autorizaron los contratos hasta quienes ejecutaron y validaron una obra deficiente que hoy amenaza vidas.
Estos señalamientos obligan a una reflexión mayor: ¿qué hará el nuevo gobierno estatal con esta herencia incómoda? La gobernadora Rocío Nahle García tiene ante sí una oportunidad histórica —y una responsabilidad política— de enviar un manotazo claro y contundente. Castigar, sin distingos ni siglas, a quienes se enriquecieron al amparo de la 4T.
Los antecedentes sobran. Ahí está el caso de la Secretaría de Salud, donde Jorge Eduardo Sisniega, operando bajo la protección y órdenes de Eleazar Guerrero, dejó finanzas devastadas. No es casualidad que hoy el personal salga a las calles a manifestarse: la crisis actual es consecuencia directa de esos manejos turbios.
Y luego está el “pez gordo”, Eleazar Guerrero, quien nada cómodamente en las aguas de Morena con la impunidad que otorga el fuero. Su transformación personal —de empleado menor en los tiempos del PRI a magnate en la actualidad— no resiste el menor escrutinio ético.
Veracruz no puede seguir atrapado entre el discurso del cambio y la tolerancia a la corrupción interna. Urge un mensaje claro: la transformación también empieza castigando a los propios. Solo así la actual administración podrá desmarcarse de los vicios del pasado y recuperar la confianza de una sociedad cansada de simulaciones.
Al tiempo.


